—Esto es absurdo.
—No.
Tomé el reloj antiguo que había dejado sobre la mesa.
Se lo puse delante.
—Te dejé esto porque aún marca bien el tiempo.
Lo miré una última vez.
—Te quedan diez días.
Luego me giré hacia la puerta.
Nadie me detuvo.
Cuando salí al viento frío de la sierra, respiré profundamente.
Después de cuarenta años construyendo edificios aprendí algo simple.
Un edificio puede tardar décadas en levantarse.
Pero si los cimientos están podridos…
lo más honesto que uno puede hacer es dejar que se derrumbe.
Leave a Comment