Encontré un acuerdo notariado de cuando confirmé su hipoteca. Lo firmé sin dudar. En ese momento se sentía como amor, como deber. Empecé a a pilar los documentos educación, vivienda, emergencias, favores de una sola vez. Algunos sobres aún tenían notas de agradecimiento dentro, no escritas a mano, solo tarjetas impresas con sus nombres garabateados en la esquina. Una actuación de gratitud. Guardaba una pequeña calculadora en el cajón, la que usaba para cuadrar mi chequera. Los botones se atascaban, pero aún funcionaba.
Colegiaturas, 6 40,000 pes. Apoyo para la hipoteca 360,000 pes. Gastos médicos por la cirugía dental de Sofía, 54,000 pes. El campamento urgente de violín de Lucía, después de su primer recital, 24,000 pes. Y esos eran solo los que tenían recibo. Empecé a anotar números en un cuaderno rallado, columna tras columna. Los etiqueté por año. 2015, 2016, 2017. El patrón estaba ahí. Si sabías buscar cómo sacar un libro de la biblioteca y ver el mismo nombre estampado una y otra vez, solo con diferentes títulos.
Leave a Comment