El nombre cayó en la habitación mugrienta como una losa de cemento sobre un ataúd.
—Doña Consuelo Rivas —pronunció Arturo, bajando la mirada.
Ofelia dejó de respirar. Su suegra. La madre de Efraín. La anciana de 90 años que caminaba con un bastón de plata, la que le llevaba caldo de pollo cuando enfermaba, la que se sentaba a su lado en la iglesia y le decía, apretándole la mano: “Dios sabe por qué hace las cosas, Ofelita”.
Dios no había hecho nada. Lo había planeado todo aquella vieja infame.
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