Ofelia se vistió torpemente. Se puso la blusa al revés, los zapatos sin abrochar, dejando el cabello revuelto y el labial corrido. Ya no parecía una señora viuda y respetable de Puebla. Era una fiera a la que le acababan de devolver 40 años de luto en un pedazo de papel. Salieron del hotel de paso y subieron al auto de Arturo. El hombre condujo con las manos rígidas sobre el volante mientras cruzaban la ciudad, viendo los puestos de tamales humeantes y las combis despertando a las calles.
—¿Cómo se llamaba? —preguntó Ofelia de pronto.
—Le decían Mateo —respondió Arturo con un hilo de voz—. Mi madre lo crio 2 años en secreto, pero luego vinieron por él hombres con escoltas y dinero.
Mateo. Ofelia cerró los ojos con fuerza. Ella había querido llamarlo Rafael, pero en secreto, cuando le acariciaba el vientre de madrugada, le susurraba: “Mi cielo”.
—Hoy es domingo —dijo Ofelia con la mandíbula apretada—. Llévame a la iglesia de San José.
Llegaron justo antes de la misa de las 10. Las señoras del barrio entraban al recinto envueltas en rebozos finos y perfumes caros. Entre ellas estaba doña Consuelo, erguida y arrogante con su vestido azul marino. A su lado, sosteniéndola del brazo, iba Marcela, la hija de Ofelia, la que últimamente la trataba con esa paciencia fría que se usa con las molestias de la vida.
Ofelia bajó del coche como una exhalación. Su aspecto salvaje hizo que la gente se apartara murmurando. Marcela la vio primero y abrió los ojos, espantada.
—¡Mamá! ¿Qué haces así? ¿Te pasó algo?
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