—¿De dónde sacaste eso? —exigió Ofelia, sintiendo que la sangre se le congelaba.
Arturo tragó saliva, mirándola como si hubiera visto a un fantasma. Con manos torpes, sacó su cartera vieja y arrojó otra fotografía sobre las sábanas revueltas. Era un recién nacido envuelto en una cobija azul, con una pulsera de hospital. Prendidos a la tela con cinta, estaban los mismos aretes pequeños de oro viejo que Ofelia llevaba puestos la noche del parto, los que desaparecieron misteriosamente.
—Yo tenía 22 años cuando me entregaron a ese bebé —sollozó Arturo, completamente destrozado—. Mi madre era enfermera en ese hospital. Me dijo que una familia muy adinerada pagó para desaparecerlo. Llevo 6 meses buscándote. Mi madre murió hace 1 semana, pero antes me confesó la verdad. Me dijo que la mujer que pagó por robar a tu hijo sigue viva, que la ves cada domingo en misa, y que cuando escuches su nombre, sentirás más asco que dolor.
Nadie estaba preparado para la pesadilla que estaba a punto de desatarse.
PARTE 2
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