Mientras los cirujanos abrían el cráneo de Sofía para drenar el hematoma causado por su supuesta “caída accidental” por las escaleras, Alejandro recibía en su celular imágenes en vivo del equipo de seguridad que tenía en Quintana Roo. Un dron sobrevolaba el yate.
En la pantalla, la fiesta estaba en su apogeo. Había unas 30 personas. Botellas de champán de 4000 dólares circulaban por la cubierta. Diego vestía lino blanco y bailaba descalzo. Pegada a su pecho, una mujer despampanante con un vestido esmeralda le besaba el cuello. Al hacer zoom en la imagen, el corazón de Alejandro dio un vuelco cargado de furia. La mujer llevaba puesto un collar de zafiros y diamantes. No era cualquier joya. Era el collar de la difunta esposa de Alejandro, la madre de Sofía. Su hija solo lo usaba en ocasiones especiales porque decía que sentía el abrazo de su madre. Ahora, esa reliquia adornaba el cuello de la amante de su yerno.
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