Lo que más dolió no fue que se fueran temprano.
Fue lo que vi entre ellos.
Mis hijas, que antes eran inseparables, casi no se hablaban.
No hubo peleas, no hubo discusiones… solo un distanciamiento lento, silencioso.
Mateo, por su parte, parecía vivir siempre apurado, como si el tiempo en familia fuera una obligación incómoda.
Al verlos juntos, sentí que cada uno vivía en su propio mundo.
Y entonces me hice una pregunta que aún duele:
¿En qué momento dejamos de ser cercanos?
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