Pasaron apenas unos minutos hasta que empecé a notar señales.
Las conversaciones eran rápidas, superficiales.
Las miradas al reloj eran constantes.
Había prisa… una prisa que no entendía.
Antes de terminar siquiera el primer vaso de bebida, comenzaron a hablar de irse.
Les pedí que al menos esperaran a que saliera la torta del horno. Aceptaron… pero no por ganas, sino por compromiso.
Ese almuerzo que preparé con tanto amor… nunca llegó a servirse.
Roberto y yo terminamos comiendo todo, solos, durante los días siguientes.
Leave a Comment