Me levanté temprano, con entusiasmo.
Cociné los platos favoritos de mis hijos, horneé dos tortas y arreglé la mesa con cada detalle pensado.
Mi intención era simple: ofrecerles un lugar donde pudieran relajarse, sentirse en casa, volver a conectar.
Cuando llegaron Valentina, Camila y Mateo, trajeron regalos y sonrisas amables.
Por un momento, todo parecía normal.
Pero solo por un momento.
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