Me puse de pie. Y el salón se calló.
Saqué mi tarjeta negra y ordené con una voz que no aceptaba discusión:
—Llame a la ambulancia ahora mismo. Y si intentan detenerlo, llame también a la policía.
Las sirenas llegaron. Valeria gritaba, mentía, quería trasladarlo a una clínica privada con un médico “de confianza”.
Y ese nombre me perforó el cerebro:
Dr. Red.
El mismo médico del que yo ya sospechaba. El que iba a ayudar a destruirme.
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