Voy a triunfar. Te llevaré a vivir como una reina. Te construiré la casa más hermosa de Ciudad de México. Nunca más dejaré que sufras. Ese juramento era tan hermoso, tan sagrado. Pero los juramentos al final no son más que sonidos que se disuelven en el polvo del tiempo. El rugido de un motor afuera cortó mis recuerdos. Las luces de los faros barrieron la ventana, proyectando manchas de luz en la pared como acuchilladas. Ya habían vuelto. Me quedé inmóvil conteniendo la respiración.
Se abrió la puerta principal, el taconeo de unos zapatos altos golpeó el mármol, luego los pasos pesados de un hombre. No lo puedo creer”, resonó la voz de Camila por el pasillo, aguda, cortante, llena de reproche. “¿Viste la cara de la tía Patricia?” Me miró como si hubiera metido un burro en la sala. “Ya basta, Camila,”, respondió Mateo con cansancio. “Ya lo resolví.” “Resolver.” Camila soltó una risa seca, helada. La jalaste como a una delincuente. Mañana todo Polanco va a estar hablando de esto, de que el director de proyecto, Mateo Valenzuela, tiene una madre.
Una madre que parece salida de un pajar del siglo pasado. Yo permanecía sentada en la habitación a oscuras. Apreté con fuerza la sábana. Hablaban de mí, no como de una persona, sino como de un problema. Una mancha en un vestido de seda. ¿Y qué querías que hiciera? explotó Mateo. Sus pasos se detuvieron en la sala, separados de mí, solo por una pared delgada. Le dije que no hablara. No pensé que se le fuera a salir. Eso es lo que es, Mateo.
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