Las palabras de Mateo seguían resonando en mi cabeza. una y otra vez como martillazos contra una pared de piedra. Me da vergüenza. Levanté la mano frente a mí. En la penumbra que entraba desde la luz de la calle, vi mis dedos ásperos, las articulaciones grandes, los callos endurecidos por décadas de trabajar con la asada. Esta mano, justo esta mano fue la que firmó la venta de la tierra en Puebla hace 15 años. Los recuerdos llegaron sin avisar y rumpieron en mi mente brillantes y dolorosos, completamente opuestos a la oscuridad fría del presente.
Aquel día el sol de Puebla era amarillo como miel, pero ardía como fuego. Yo estaba frente a la notaría del pueblo. El viento levantaba el polvo rojo que se pegaba al borde de mi falda. ¿Está segura, señora Elena? El abogado viejo se acomodó los lentes y me miró con pena. Esta es tierra de sus ancestros. Tres generaciones de los Valenzuela vivieron y murieron aquí. Si la vende, ¿con qué va a vivir cuando sea mayor? Recuerdo que no dudé ni un segundo.
Miré hacia Mateo, que esperaba bajo el árbol de Jacaranda. Tenía 22 años. Acababa de recibir la carta de aceptación para la maestría de arquitectura en la capital. Llevaba una camisa blanca gastada en el cuello, zapatos de tela llenos de polvo, pero los ojos le brillaban de ambición. Él quería volar y esa tierra era la única ala que yo podía darle. Estoy segura, le respondí al abogado. Mi voz entonces era firme y fuerte, no temblaba como ahora. La tierra está muerta, las personas están vivas.
Vendo la tierra para comprarle un futuro a mi hijo. Lo vendí todo. El maisal. la casa de Texas, de tres habitaciones, incluso los viejos olivos. Tomé el fajo de dinero envuelto en tres capas de tela y con manos temblorosas se lo puse a Mateo. “Vete, hijo”, le dije. No mires atrás. Ve a dónde están los rascacielos que siempre dibujas. Yo estaré bien. Él lloró, se arrodilló y abrazó mis piernas llenas de lodo. Te lo juro, mamá. soyosó empapando mi falda con lágrimas.
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