Con la muerte de mi esposa, yo quedé vulnerable. Y ellos lo supieron.
Aparecían con una actitud dulce, con la nieta, con algún gesto mínimo… y siempre, al final, venía la petición. Cantidades pequeñas para que no pareciera abuso. Historias bien armadas para que yo no dudara. Llantos exactos para apretar donde dolía.
Y yo cedía por miedo:
miedo a quedarme solo, miedo a sentir que ya no era nadie, miedo a que el silencio fuera definitivo.
La caja del patio me quitó esa venda de golpe.
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