Yo me llamo Alberto, tengo 63 años, y durante más de cuatro décadas trabajé como operador de máquinas. Falté muy pocas veces: cuando mi hijo enfermó, cuando mi esposa tuvo cáncer, cuando murió mi padre, cuando me quebré los dedos.
Yo creía que ser buen padre era decir siempre que sí.
Cuando mi hijo pidió escuela privada, pagué.
Cuando pidió universidad cara, pagué.
Cuando pidió boda grande, pagué.
Cuando pidió enganche de casa, pagué.
Cuando pidió “una ayuda más”, pagué.
Me repetía que era amor. Que después vendría el agradecimiento. Que en algún momento él caminaría solo.
Pero la verdad es que, mientras más resolvía yo, menos aprendía él.
Leave a Comment