Fui a verla. Ella me recibió como si ya supiera que iba a tocar.
Me contó cosas que me terminaron de ordenar la cabeza: que ellos viajaban seguido, que tenían cuentas bancarias que yo desconocía, que llegaban en autos distintos, que hablaban de mí con desprecio, que se burlaban de lo “fácil” que era sacarme dinero.
Lo más duro fue aceptar algo:
yo no solo estaba siendo usado… yo estaba siendo estudiado.
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