Hace un año y medio, Cristian conoció a Amaya Valero.
Elegante, refinada, con modales propios de familias de dinero antiguo. Desde el primer apretón de manos, mi instinto me gritó que algo no estaba bien.
Sus preguntas parecían inocentes, pero siempre giraban en torno a lo mismo:
- ¿Cuántas hectáreas tiene la finca?
- ¿Ya dejó hecho el testamento?
- ¿Cuánto valdrá todo eso en el futuro?
Nunca preguntó por los sueños de mi hijo.
Nunca preguntó por su vocación.
Solo por el dinero.
Cuando conocí a sus padres, entendí que no era casualidad.
Leave a Comment