Mi nombre es Miguel Díaz. Tengo 63 años y he pasado toda mi vida en una finca en la dehesa de Extremadura, trabajando la tierra que heredé de mi padre. No es solo una explotación ganadera y de viñedos: es un legado construido con sudor, constancia y dignidad.
Mi esposa Rosa fue el corazón de nuestra familia durante treinta años. Falleció hace seis, y desde entonces aprendí a cargar con una ausencia que nunca se llena.
Tuvimos dos hijos.
Elena hizo su vida lejos del campo.
Cristian, en cambio, aunque se convirtió en un exitoso ingeniero agrónomo en Madrid, nunca se desligó de la tierra. Nuestro vínculo siempre se basó en algo más fuerte que la sangre: la confianza.
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