El salón del hotel brillaba con un lujo que hacía que mi camisa de cuadros pareciera fuera de lugar. Todo era ostentación, sonrisas falsas y copas de champán.
Fue entonces cuando escuché a Amaya hablar con su madre, sin molestarse en bajar la voz:
—Ahí viene otra vez el viejo y sucio ganadero. Toda la sala huele a tierra cuando aparece.
La humillación fue pública.
Pero antes de que la rabia me hiciera marcharme, Cristian volvió a detenerme.
—Quédate. Confía en mí.
Y lo hice.
Leave a Comment