Puede ser un familiar lejano, un viejo amigo con el que ya no hay conexión o incluso alguien cercano cuya relación cambió sin que nadie lo hablara.
El problema no es solo la frialdad del momento, sino la sensación posterior: te vas preguntándote si hiciste algo mal o si realmente debías haber ido.
Con los años se aprende algo importante:
la historia compartida no garantiza una relación de calidad.
Si tu presencia es tolerada pero no deseada, insistir solo desgasta tu autoestima.
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