Me quedé inmóvil, con el teléfono en la mano, mientras el zumbido del refrigerador llenaba el silencio. Afuera, el atardecer en Veracruz teñía el puerto de naranja. Todo parecía irreal.
Busqué una pequeña cámara que alguna vez usé para vigilar al gato de un vecino. Revisé la batería y la escondí detrás de la librera, apuntando hacia la sala. La luz azul parpadeó una vez antes de cubrirla con el lomo de un libro.
Tomé mi bolso, cerré la puerta y guardé las llaves en el bolsillo de la chamarra. Mis manos temblaban. No sabía de qué huía, solo que Alejandra estaba aterrada.
Esa noche crucé el puente hacia la casa de mi hermana Rosa, con el corazón latiendo como si presintiera una tormenta.
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