Una casa silenciosa puede convertirse en un lugar de oración. Un sillón puede transformarse en un altar. Una habitación tranquila puede ser un espacio donde la presencia de Dios se siente con más claridad.
Jesús prometió no dejar huérfanos a los suyos. El Espíritu Santo acompaña, consuela, fortalece y sostiene incluso en los momentos en que nadie más está presente.
La soledad, cuando se entrega a Dios, puede convertirse en intimidad espiritual.
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