Esa misma semana fui a ver a un abogado.
Saqué el sobre donde siempre guardé la escritura de la casa: todavía estaba a mi nombre. Le pedí al abogado que dejara constancia de que nadie podía vender, hipotecar o tocar esa propiedad sin mi autorización.
Volví a casa y reuní a todos.
—La casa está a mi nombre —dije—. Y ahora está por escrito que nadie puede mover un solo papel sin mi permiso. Mientras me respeten, esta seguirá siendo su casa. Si no… la puerta está ahí.
Puertas y ventanas
Algunos bajaron la cabeza. Otros fruncieron el ceño. Pero nadie dijo nada.
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