Me levanté temprano, fui a la ferretería y compré cerraduras nuevas para toda la casa. Cuando regresé, mientras todos dormían, cambié puerta por puerta.
Comida
Cuando mi hijo me vio arrodillado en la entrada, se quedó blanco.
—¿Qué hace, papá?
—Arreglando lo que estaba roto —le respondí sin levantar la voz.
Cuando terminé, reuní a la familia en la sala y dije:
—Desde hoy, quien quiera entrar en esta casa me lo pide a mí. Ya no hay llaves para todos.
Nadie respondió. El silencio dijo suficiente.
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