El secreto entre la empleada y su madre lo dejó helado
No te corresponde decidir.»
Lucía tragó saliva, pero no bajó la mirada.
«Tiene razón.
No soy neuróloga.
Pero sí cuidé a mi abuela durante cuatro años con esta misma enfermedad.
Sé lo que le pasa a una persona cuando todos alrededor empiezan a tratarla como si ya no existiera.»
Rodrigo estuvo a punto de responder con dureza, pero Inés extendió la mano hacia Lucía buscando su muñeca.
No buscó a su hijo.
Buscó a la joven que la había acompañado hasta el sol.
Eso dolió más de lo que Rodrigo estaba dispuesto a admitir.
Lucía tomó un cuaderno del alféizar y se lo ofreció.
Era un cuaderno escolar viejo, con fechas, horas y observaciones escritas con letra pequeña y ordenada.
No había sentimentalismo, solo hechos.
Se alteró cuando encendieron la televisión de noticias.
Comió mejor con olores conocidos.
Durmió cuarenta minutos después de doblar servilletas.
Sonrió al oír un bolero.
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