El secreto entre la empleada y su madre lo dejó helado
Seguía siendo frágil, seguía perdida por momentos, pero sus manos estaban ocupadas.
Delante de ella había un montón de servilletas de tela limpias y Lucía le mostraba cómo doblarlas una por una.
«Así, Doña Inés», decía con paciencia.
«Como en domingo.»
Sobre la mesa también había una charola con cáscaras de naranja, una taza de manzanilla tibia y un pequeño álbum de fotos con las esquinas gastadas.
Lucía no le estaba dando la pastilla azul.
No la estaba adormeciendo.
Le estaba hablando.
No como se le habla a un mueble delicado.
Como se le habla a una persona.
Rodrigo sintió subir el enojo antes de sentir otra cosa.
Iba a salir de su escondite cuando escuchó a Lucía seguir hablando con una suavidad firme.
«Hoy huele a azahar, ¿se da cuenta? Igual que en las casas viejas.
Mire esto.»
Sacó del álbum una fotografía en blanco y negro.
Rodrigo la reconoció incluso a la distancia: era la vieja casa familiar de Tlaquepaque, demolida hacía años para construir bodegas.
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