Con una pequeña herencia que su abuela le había dejado años atrás, Paloma logró rentar una casita modesta en las afueras del pueblo. La ironía del destino quiso que encontrara trabajo como partera, ayudando a traer al mundo a los hijos que ella jamás podría tener. Las mujeres del pueblo la buscaban porque tenía manos suaves y conocimientos que había adquirido leyendo todos los libros de medicina que podía conseguir, pero siempre la trataban con esa mezcla de agradecimiento y lástima que la hacía sentir como un fantasma entre los vivos.
Durante las noches silenciosas en su pequeña casa, Paloma se preguntaba si Dios la había puesto en este mundo solo para recordarle a otras mujeres cuán afortunadas eran. Cada bebé que ayudaba a nacer era una bendición que contemplaba con amor genuino, pero también un recordatorio doloroso de lo que nunca tendría.
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