—¿También se parecen en el meñique roto? —le respondí.
Rodrigo se pasó la mano por la cara.
—Mamá, enterramos a papá. Tú estabas ahí. Yo estaba ahí.
—Ataúd cerrado —dije despacio—. Nadie me dejó verlo.
No respondió.
Lo miré y sentí algo peor que el dolor abrirse paso dentro de mí.
—¿Qué sabes, Rodrigo?
Bajó la mirada.
—Vamos a esa casa —ordené.
Fuimos en silencio. Nos estacionamos a media calle. No pasaron ni cinco minutos cuando la puerta se abrió y él salió. Mi hijo se inclinó hacia adelante para verlo mejor.
Entonces se quedó rígido.
El color se le fue del rostro.
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