Enterré a mi marido hace seis meses. Ayer lo vi con vida en el supermercado.

Enterré a mi marido hace seis meses. Ayer lo vi con vida en el supermercado.

Seis meses de luto.

Y él estaba vivo, riéndose en otra casa, con otra mujer y otros niños.

Esa noche no dormí.

A las tres y cuarenta de la mañana llamé a mi hijo.

—Mamá —contestó Rodrigo con voz espesa de sueño—. ¿Qué pasó?

—Necesito que vengas ahorita.

—¿A esta hora? ¿Estás bien?

—No. Vi a tu padre vivo.

Hubo un silencio largo.

—Mamá… no digas eso.

—Lo seguí. Sé dónde vive. Ven.

Tardó cuarenta minutos en llegar. Entró sin tocar, como cuando era joven. Me encontró en la cocina, rodeada de álbumes, fotografías viejas y las imágenes borrosas que yo había tomado de la casa verde.

Le entregué el celular.

Vi cómo su cara cambiaba. Primero incredulidad. Luego miedo.

—Se parece mucho a papá —dijo al fin, con demasiado cuidado—. A veces pasa.

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