Empezó a llorar.
No de tristeza. De derrumbe.
—Mamá… —susurró—. Perdóname.
Yo ya lo sabía.
Antes de que hablara, ya lo sabía.
Rodrigo apoyó la frente en el volante y tardó varios segundos en poder seguir.
—Papá no murió en ese accidente.
No grité.
No lloré.
Algo dentro de mí ya se había convertido en piedra.
—Sigue.
Respiró hondo.
—Tenía otra familia. Desde hace muchos años. Más de veinte. Esa mujer se llama Clara. Yo lo descubrí hace tres años, revisando papeles del negocio de suministros marinos. Había cuentas duplicadas, recibos de dos casas, seguros…
Cerré los ojos.
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