Enterré a mi marido hace seis meses. Ayer lo vi con vida en el supermercado.

Enterré a mi marido hace seis meses. Ayer lo vi con vida en el supermercado.

Se me congeló la mano en el aire.

Volteé despacio, con el corazón golpeándome el pecho, y allí estaba. Tres estantes más allá. Canoso. Un poco más encorvado. La cicatriz sobre la ceja derecha seguía en el mismo sitio, recuerdo de aquella caída absurda arreglando el techo del taller. El hombre al que yo había enterrado.

La botella se me cayó de la mano y estalló en el piso. La salsa roja salpicó los mosaicos blancos como una herida abierta. Varias personas se sobresaltaron, alguien preguntó si estaba bien, pero yo ya no escuchaba nada.

—¡Ernesto! —grité con la voz rota—. ¡Ernesto, soy yo!

Él volteó.

Durante un segundo esperé todo: sorpresa, culpa, alivio, amor, aunque fuera miedo.

Pero no.

Me miró con desconcierto, como si yo fuera una extraña.

—Perdone —dijo con cuidado, casi con ternura—. Creo que me confunde con otra persona.

Sentí que el piso desaparecía.

—No… no. Ernesto, soy yo. Soy Mariela. Tu esposa.

Post navigation

Leave a Comment

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

back to top