Enterré a mi marido hace seis meses. Ayer lo vi con vida en el supermercado.

Enterré a mi marido hace seis meses. Ayer lo vi con vida en el supermercado.

Enterré a mi marido hace seis meses. Ayer lo vi con vida en el supermercado.

Hace seis meses enterré a mi esposo.

Ayer lo vi vivo.

Todavía no sé qué fue más terrible: reconocerlo entre los pasillos de un supermercado común, con una canasta en la mano y la misma forma de fruncir el ceño al ver los precios, o escuchar su voz tan cerca de mí después de haber llorado sobre una lápida con su nombre grabado en mármol.

Durante seis meses aprendí a sobrevivir al silencio. Seis meses despertando sola en la casa de Querétaro que habíamos compartido por más de cuatro décadas. Seis meses durmiendo con una mano en el lado vacío de la cama, como si mi cuerpo siguiera esperando encontrar el calor de Ernesto. Seis meses repitiéndome que el accidente había sido cruel, que la vida era injusta, que el amor a veces terminaba así, de golpe.

Aquella mañana fui al supermercado porque el dolor no llena el refrigerador.

Recuerdo que estaba en el pasillo de las conservas, viendo latas de frijoles y sopa, pensando lo extraño que era que el mundo siguiera funcionando como si el mío no se hubiera detenido. Estiré la mano para tomar una salsa de tomate y entonces lo escuché.

Una tos suave.

Después, un murmullo fastidiado por los precios.

La misma voz. El mismo tono ronco que llenó mi cocina durante cuarenta y un años.

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