Rosario no podía apartar la vista del papel amarillento, iluminado solo por la luz de la luna que se filtraba a través del techo roto. Las palabras en esa carta bailaban ante sus ojos llenos de lágrimas.
La caligrafía era inconfundible. Eran los trazos afilados de Doña Consuelo. La carta estaba dirigida a 1 hombre llamado Don Arístides, el cacique más temido y corrupto de la región. En esas líneas, la suegra no solo confirmaba el pago de 50000 pesos por “asegurarse de que el río se tragara a Gerardo”, sino que revelaba el secreto más asqueroso de su vida. Consuelo nunca fue la madre biológica de Gerardo. Lo había robado cuando tenía 1 año, arrebatándolo de los brazos de su verdadera madre, la dueña original de esta inmensa hacienda escondida.
Gerardo había descubierto esta verdad 3 meses atrás. Planeaba viajar a esta propiedad para reclamar las tierras, dejar a Consuelo en el olvido y darle a Rosario y al bebé en camino la vida que merecían. Para evitar perder su falso estatus y el control del pueblo, Consuelo lo mandó ahogar simulando 1 trágico accidente.
Pero la caja de metal contenía el golpe maestro: el testamento oficial original. Ese documento estipulaba que las tierras, el manantial subterráneo y todos los bienes pertenecían única y exclusivamente a la descendencia de Gerardo. Mateo, el bebé que ahora dormía plácidamente sobre 1 costal de maíz, era el dueño absoluto de todo el valle.
Rosario guardó los 3 documentos contra su pecho. Esa noche, el miedo murió en ella. Miró a su hijo. Luego miró al potrillo huérfano que descansaba junto a la puerta de entrada, al que decidió bautizar como Aurora, porque era la luz brillante después de la noche más oscura de su vida.
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