PARTE 1
Eran las 4 de la tarde cuando Alejandro estacionó su auto frente a la casa número 24 del exclusivo fraccionamiento en el que vivían, al sur de la Ciudad de México. Había logrado escapar del corporativo 3 horas antes de lo habitual. Llevaba 5 semanas trabajando turnos extenuantes de 14 horas, atrapado en la creencia de que ser un buen esposo y un buen padre significaba proveer sin límites. Quería pagar la hipoteca, asegurar el mejor hospital y garantizar el futuro del bebé. Clara, su esposa, tenía ya 7 meses de embarazo y pasaba sus días encerrada en esa enorme casa de 3 pisos, acompañada únicamente por doña Carmen, la mujer que Alejandro había contratado hace 4 meses para que la cuidara y le ayudara con los quehaceres.
Alejandro abrió la pesada puerta de roble con el mayor sigilo posible. Llevaba 1 caja con los postres favoritos de Clara. Quería ver su rostro iluminarse, quería compensar sus ausencias con 1 tarde de películas y tranquilidad.
Sin embargo, al cruzar el pasillo hacia la sala principal, el silencio de la casa no se sentía pacífico. Se sentía denso. Asfixiante.
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