PARTE 1
Rosario no abrió los ojos cuando el bebé comenzó a mamar. Conocía ese movimiento de memoria. El calor de su hijo de 3 meses, Mateo, pegado a su pecho. La respiración corta. El silencio que venía inmediatamente después. Era el único momento de las 24 horas del día en que el mundo dejaba de golpearla. Miró a su alrededor lentamente. La casa de adobe seguía ahí. Vieja, con las paredes descarapeladas, pero con 1 techo que los protegía del inclemente sol de México.
De pronto, 1 maleta cayó sobre el piso de tierra con 1 golpe seco. El impacto fue tan fuerte que Mateo dejó de llorar por 1 segundo, asustado por el estruendo.
—Ya te lo dije, Rosario… esta casa ya no es para ti —la voz de Doña Consuelo cortó el aire pesado de la tarde. Fría. Dura. Sin espacio para respuestas.
La anciana estaba parada en el marco de la puerta de madera, con su rebozo negro apretado a los hombros. Sus ojos parecían 2 piedras oscuras y sin vida.
—Mi hijo Gerardo está muerto. ¿Lo entiendes? —hizo 1 pausa, arrastrando las palabras—. Y tú solo eres 1 arrimada en mi propiedad.
Rosario no respondió de inmediato. El brazo izquierdo le hormigueaba de tanto cargar al bebé, pero apretó a Mateo contra su pecho. Afuera, en la calle de tierra, 2 vecinas barrían la banqueta, fingiendo no mirar el escándalo. Pero siempre hay ojos atentos cuando la desgracia llega a 1 hogar.
—No le pido nada regalado, Doña Consuelo —dijo Rosario con la voz rota, casi al borde del llanto—. Solo le pido 5 días. Hasta encontrar 1 cuarto humilde para mi hijo.
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