“Fuimos por café con más gente. Somos amigos. Espero que estés bien.”
Tardó tres horas en contestar. Cuando lo hizo, ya no quedaba nada de su máscara amable.
“Eso es bajísimo, Mateo. Yo no dije que te fueras a meter con gente que voy a ver todos los días. Qué necesidad.”
Leí el mensaje una vez. Luego otra. Y entendí, por fin, que para Valeria el problema nunca había sido el amor. Era el control.
No le molestaba perderme. Le molestaba perder el derecho a decidir dónde terminaba yo.
Lucía y yo empezamos a salir. Sin juegos. Sin pruebas. Sin silencios estratégicos. Si yo tenía trabajo, me deseaba suerte. Si ella estaba cansada, lo decía sin montar una escena. Cuando no podía verme, no convertía mi ausencia en un juicio contra su valor personal. Lo nuestro no parecía una batalla por el poder. Parecía paz.
Tres semanas después lo hicimos oficial.
Y entonces llegó la explosión.
Era viernes por la noche. Lucía y yo estábamos en un bar del centro con unos amigos suyos. Ella me estaba contando, entre risas, cómo su perro había destruido una sandalia de quinientos pesos. Yo tenía la mano sobre su brazo. La miraba con una ternura que me salió sola. No tenía que fabricarla. No tenía que administrarla.
Entonces se abrió la puerta.
Valeria entró con su roomie, Fernanda. Nos vio al instante.
Se quedó inmóvil.
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