—Entonces ya me reemplazaste, ¿o qué?
Me encogí de hombros.
—Solo estoy viviendo mi vida.
Eso fue lo que más le dolió. No que yo estuviera sufriendo. No que estuviera enojado. Sino que estuviera bien.
La verdadera vuelta de tuerca llegó sin que yo la planeara.
En el edificio de al lado al mío trabajaba una chica a la que veía seguido en el elevador. Alta, de ojos despiertos, sonrisa limpia. Se llamaba Lucía. También trabajaba en marketing, pero en una empresa de tecnología. Durante meses solo intercambiamos saludos y comentarios sobre el tráfico o el clima. Nada más.
Hasta que un viernes, después de esa reunión con Valeria, coincidimos en un happy hour donde estaban mi equipo y el suyo. Terminamos sentados en la misma mesa larga, compartiendo totopos, cerveza y anécdotas de clientes imposibles. Lucía tenía una forma de escuchar que me desconcertó. No miraba el celular mientras yo hablaba. No convertía cada historia mía en una excusa para regresar a sí misma. No parecía evaluarme; parecía conocerme.
—Tú eres raro en el mejor sentido —me dijo riéndose—. Se nota que eres una persona estable. En esta ciudad eso casi ya no existe.
Sentí algo que no sentía desde hacía mucho: descanso.
Hablamos cuarenta minutos sin esfuerzo. Fue fácil. Ligero. Honesto.
Antes de irse, me dijo que el sábado varios de su equipo irían por café a Coyoacán y que, si quería, podía sumarme. Dije que sí.
Lo que ninguno de los dos sabía era que Lucía trabajaba en la misma empresa que Valeria. No en el mismo departamento, pero sí en el mismo edificio.
El sábado, alguien subió una foto del grupo y nos etiquetó a los dos. Una hora después, mi celular explotó.
“¿Esa es Lucía Salgado? ¿Desde cuándo sales con gente de mi oficina?”
La ironía casi me dio risa.
Le respondí:
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