—¿Qué chingados te pasa?
Lo miré.
—Tenía hambre.
Él alzó el puño. Vi en sus ojos la costumbre de quien está habituado a golpear a alguien que no responde. Di un paso hacia él, despacio, sosteniéndole la mirada.
No levanté las manos.
No retrocedí.
Solo lo miré como se mira a un animal que aún no entiende que acaba de encontrarse con algo más peligroso que él.
Su puño se quedó suspendido en el aire.
Bajó la mano.
Y por primera vez vi miedo en su cara.
A partir de ahí, dejé de obedecer como víctima y empecé a desacomodarlos centímetro por centímetro.
Grabé todo: los insultos de Graciela, las órdenes de Érica, la manera en que Bruno me ponía el pie para hacerme tropezar. Esa misma noche descubrí la contabilidad de Graciela. Todo el dinero de Daniel terminaba en ropa, whisky, apuestas de Bruno y gastos ridículos de Érica.
Pero lo peor no fue eso.
Escondido en un cajón encontré un seguro de vida por quinientos mil pesos a nombre de Daniel.
Beneficiario: Bruno.
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