La llamada llegó un martes por la tarde.
Yo estaba limpiando mi equipo de pesca cuando sonó el celular. Vi el nombre de Daniel y contesté de inmediato. Lo extraño fue que entró en videollamada. Mi hermano apenas sabía mandar audios, así que sentí una punzada de alarma antes incluso de ver la imagen.
La pantalla estaba casi oscura.
Después vi un ojo hinchado.
Un labio partido.
Y la voz.
—Damián… —susurró—. Ya no puedo.
Se me heló la sangre.
—¿Dónde estás?
—En el clóset… —dijo, temblando—. Graciela está afuera con Bruno y con Érica. Mañana me van a obligar a firmar. Van a vender la casa. Dicen que si no firmo me meten a un asilo… que ya no sirvo para nada.
La rabia me subió tan rápido que tuve que sentarme para no romper algo.
—Escúchame bien —le ordené—. ¿Has tomado algo?
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