—Levántate —dijo Alejandro.
No gritó. No lo necesitaba. La palabra salió de su garganta en 1 tono bajo, pero cargado de un peso absoluto.
Clara tardó 1 segundo en reaccionar. Solo 1 maldito segundo. Luego, obedeció. Se levantó con evidente dificultad, apoyando 1 mano en el sillón y llevándose la otra a su abultado vientre. Respiraba corto, como si ese simple movimiento le doliera en el alma más que en el cuerpo.
Pero no caminó hacia Alejandro. Se quedó exactamente donde estaba, a medio camino entre su esposo y la empleada, con los ojos clavados en el suelo, temblando como 1 hoja a punto de caer.
—¿Desde cuándo? —preguntó Alejandro. No miraba a doña Carmen. Su vista estaba clavada en su esposa.
Pero Clara no respondió. Sus labios se movieron apenas, pero de ellos no salió ningún sonido.
Fue entonces cuando doña Carmen dejó escapar 1 suspiro pesado, teatral, como si la escena la cansara profundamente.
—No la presione, don Alejandro —intervino la mujer, cruzando las piernas con una calma que rayaba en el descaro—. Está sensible. Ya sabe cómo se ponen las mujeres con el embarazo. Las hormonas las vuelven inútiles.
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