La pobre camarera se percató del punto rojo en el pecho del jefe de la mafia y fue la primera en actuar…

La pobre camarera se percató del punto rojo en el pecho del jefe de la mafia y fue la primera en actuar…

Un punto rojo, fijo, inmóvil, justo sobre la camisa blanca de Gabriel, encima del corazón.

El tiempo no se detuvo. Se estiró.

Mía calculó sin saber que estaba calculando: el reflejo en el vidrio, el edificio de enfrente, la altura, el ángulo.

Francotirador.

Gabriel levantaba la copa. Si se inclinaba apenas, quizá la bala fallaría. Pero no se inclinó. Permaneció quieto.

Mía no pensó en su madre, ni en la renta, ni en lo que significaba tocar a un hombre como Gabriel Montiel. Soltó el menú y gritó desde algún lugar primitivo de su cuerpo:

—¡Agáchese!

Se lanzó sobre él con toda su fuerza.

No fue un empujón elegante. Fue un impacto brutal. Su hombro se clavó en el pecho de Gabriel y ambos cayeron hacia atrás en el exacto instante en que el ventanal explotó.

El estruendo sacudió el salón. La bala atravesó la mesa de madera donde un segundo antes había estado el torso de Gabriel y lanzó astillas, cristal y vino por todas partes. La gente gritó. Elías ya tenía el arma fuera. Nicolás tumbó la mesa para cubrirlos.

Mía quedó encima de Gabriel, respirando contra su cuello, sintiendo el olor a sándalo, pólvora y peligro. Cuando levantó la cara, vio los ojos de él abiertos de par en par. La calma aburrida había desaparecido; ahora había algo mucho peor: concentración absoluta.

Gabriel le tocó la sien. Sus dedos salieron manchados de sangre.

—Estás herida.

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