La pobre camarera se percató del punto rojo en el pecho del jefe de la mafia y fue la primera en actuar…

La pobre camarera se percató del punto rojo en el pecho del jefe de la mafia y fue la primera en actuar…

Aunque uno no leyera periódicos ni siguiera los rumores del bajo mundo capitalino, conocía ese nombre. A sus treinta y cuatro años, Gabriel dirigía el consorcio Montiel, una organización que oficialmente se dedicaba a logística, construcción y seguridad privada, y extraoficialmente a muchas cosas que nadie se atrevía a enumerar en voz alta. La gente decía que controlaba rutas, puertos secos, sindicatos y silencios.

No parecía un criminal. Parecía un príncipe al que le habían enseñado a matar antes de enseñarle a sonreír.

Llevaba un traje gris oscuro de tres piezas, impecable, cabello negro peinado hacia atrás y una mirada color café quemado, fría y precisa. Lo acompañaban dos hombres. Uno, enorme, con hombros como pared, se llamaba Elías. El otro, delgado, elegante y con una sonrisa que nunca le llegaba a los ojos, era Nicolás Varela, su mano derecha.

Mía se acercó con la charola temblándole apenas.

—Agua mineral —ordenó Nicolás sin mirarla—. Y abra el Barolo del noventa y ocho en la mesa.

—Sí, señor.

Gabriel ni siquiera volteó. Miraba la ciudad a través del ventanal lleno de lluvia, como si el mundo entero le debiera una respuesta que aún no llegaba.

Durante la siguiente hora, Mía se movió como un fantasma. Llenó copas, cambió platos, retiró cubiertos y trató de hacerse invisible. Los hombres hablaban en voz baja de embarques, permisos, sindicatos y un problema en Toluca. Ella no escuchaba por curiosidad; escuchaba porque había crecido en casas de acogida, y la gente que sobrevive así aprende a leer una habitación antes de cruzarla.

A las nueve con dos minutos, sucedió.

Mía se acercaba con el menú de postres cuando Gabriel se recargó en el respaldo del reservado y aflojó el saco. En el reflejo del ventanal, detrás de él, ella notó un brillo mínimo, rítmico, antinatural. No era la ciudad. No era un faro. No era un semáforo.

Entonces lo vio.

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