—Viene para acá —añadió el hombre.
Renata sintió que el estómago se le convertía en hielo.
Julián la miró.
—Esta vez no voy a esconderte. Vas a decidir quién eres cuando lo tengas enfrente.
La noche cayó espesa sobre la torre. En el penthouse las luces eran bajas, el aire quieto, la tensión afilada. Cuando el elevador privado se abrió, Gerardo salió primero, flanqueado por dos hombres armados. Venía despeinado, ojeroso, con la desesperación rabiosa de quien está perdiendo el control y no sabe vivir sin él.
Buscó a Renata con la mirada y la encontró en medio del salón, de pie, inmóvil.
Ya no llevaba el suéter rojo como armadura ni apretaba el bolso contra el pecho. Vestía jeans oscuros y una blusa negra sencilla. El rostro aún conservaba rastros del daño, pero en sus ojos ya no había miedo abierto. Solo una quietud nueva.
—Vente —ordenó Gerardo—. Hice un trato. Te vas conmigo.
Renata no se movió.
—No.
La palabra sonó clara, entera, desconocida hasta para ella.
Gerardo soltó una risa sucia.
—No te engañes. Ellos no te quieren. No eres nadie. Eres una huérfana. Un error.
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