Julián salió entonces de la penumbra, ajustándose los puños de la camisa.
—Se acabó el discurso.
Los hombres de Salcedo levantaron las armas, pero antes de que pudieran apuntar, las sombras del penthouse cobraron vida. Los hombres de Julián aparecieron en silencio desde pasillos y columnas, desarmándolos con una precisión brutal y limpia. Todo ocurrió en segundos.
Gerardo quedó solo.
Y fue entonces cuando Renata avanzó.
Un paso. Luego otro. Hasta quedar frente a él.
—Pasaste cinco años diciéndome que nadie me buscaría —dijo, mirándolo directo a los ojos—. Cinco años repitiéndome que yo era nada, que sin ti no existía, que mi soledad me hacía débil. Pero estabas equivocado.
Gerardo intentó tomarla del brazo, pero ella ni siquiera retrocedió. La sola intención murió al ver la expresión de Julián detrás de ella.
—La ciudad no me tragó —continuó Renata, con la voz cada vez más firme—. Tú quisiste borrarme, eso es distinto. Y ya no puedes.
Él abrió la boca, pero no encontró insulto que sirviera. El miedo, por fin, lo había dejado desnudo.
—Llévenselo —ordenó Julián.
Mientras arrastraban a Gerardo hacia el elevador, él siguió gritando que ella no tenía a nadie, que volvería arrastrándose, que siempre sería suya. Pero las palabras ya no la tocaban. Por primera vez sonaban pequeñas. Ridículas.
Cuando las puertas se cerraron, Renata se quedó respirando despacio en medio del silencio.
Julián se acercó.
—¿Estás bien?
Ella lo miró y, contra todo pronóstico, sonrió. No era una sonrisa completa. Era apenas el inicio de una. Pero era real.
—No —dijo—. Todavía no. Pero ya no estoy rota del mismo modo.
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