Don Octavio alzó apenas la barbilla. Los rifles bajaron.
—Samuel abrió las rejas —dijo Leonardo, cada palabra arrancándole dolor—. Trabaja con los Rosales. Ella me sacó de la casa. Me cargó hasta aquí. Me mantuvo vivo.
La mirada de Octavio cayó sobre Abril otra vez, más fría aún.
—Entonces ha visto demasiado.
—Es mi deuda —replicó Leonardo—. Está bajo mi protección.
Padre e hijo se midieron en silencio, rodeados de hombres armados. Abril entendió que su vida colgaba de una cuerda invisible: el orgullo obstinado de un hombre al que acababa de salvar.
Finalmente, Octavio hizo un gesto.
—Suban a mi hijo al helicóptero.
Abril fue empujada junto con los paramédicos. Leonardo, medio inconsciente, la sujetó de la muñeca.
—Ella viene conmigo.
No fue un rescate. Fue una captura disfrazada de salvación.
Despertó cuarenta y ocho horas después en una suite médica privada sobre Paseo de la Reforma, en la Ciudad de México. Todo era cristal, acero y silencio caro. Su pie estaba vendado. Llevaba ropa de seda. Su uniforme había desaparecido.
Leave a Comment