Primero, las hélices. Después, motores. Luego perros. Muchos perros.
Abril miró por la ventana sucia y vio una escena que parecía salida de una guerra privada. Camionetas blindadas. Hombres con armas largas. Un helicóptero negro en la loma. Y caminando al frente, con bastón, abrigo oscuro y una autoridad que helaba el aire, venía Don Octavio Montemayor.
El padre de Leonardo.
Siguieron el rastro de sangre hasta la cabaña.
Abril abrió la puerta y salió al porche con el corazón desbocado. Al instante una constelación de puntos rojos cubrió su pecho. Los perros gruñeron. Don Octavio la observó de arriba abajo: uniforme roto, pie descalzo y herido, cuchillo en la mano, sangre ajena por todas partes.
No vio a una salvadora. Vio a un problema.
—Aseguren el perímetro —ordenó con voz de piedra—. Y mát…
—No.
La voz vino desde la sombra de la puerta.
Leonardo apareció apoyado en el marco, cubierto con una manta, pálido como un muerto pero aún de pie.
—Bajen las armas, papá.
El silencio fue tan brusco que pareció otro trueno.
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