Abril revisó y, en efecto, encontró una caja hermética con mantas gruesas, alcohol, gasas, antisépticos y dinero. Lo bastante como para que a ella le diera risa, una risa amarga: hasta sus escondites abandonados estaban preparados para balaceras.
Le dio un trago de tequila a Leonardo. Luego tomó uno ella.
Después de un rato de silencio, él habló.
—Samuel vendió a mi familia al grupo de los Rosales. Quieren los puertos secos de Veracruz y el corredor del altiplano. Si yo moría… mi padre quedaba debilitado.
Abril cerró los ojos.
—No quiero saber esas cosas.
—Ya las sabes.
Lo miró. Ya no parecía el príncipe intocable de la hacienda. Parecía solo un hombre agotado, derrotado por la sangre perdida.
—En tu mundo saber mata —murmuró ella.
—En el mío, salvar una vida crea una deuda —respondió él—. Ya no eres invisible, Abril.
Amanecía cuando el ruido llegó.
Leave a Comment