Y su vida también.
Cuando intentó levantarse para irse con Sofía, apareció Matías Salgado, el hombre de confianza de la familia. Elegante como banquero, frío como asesino.
Le mostró una noticia en la tableta.
“Joven muere en accidente carretero durante tormenta”.
La fotografía era su coche, reducido a chatarra calcinada.
Abril se quedó sin aire.
Le habían fabricado una muerte.
Don Octavio entró en ese momento y le explicó sin emoción: Samuel sabía que ella era la única empleada presente esa noche. Mientras existiera oficialmente, era un blanco. Si el traidor no podía capturarla, iría por Sofía.
—Pagamos la deuda de su hermana —dijo Octavio—. Su tratamiento, sus médicos, todo. Pero usted está muerta para el mundo hasta que Samuel Rivas respire por última vez.
Abril lo odió con todo su cuerpo. Lo odió aún más porque estaba salvando a Sofía.
Durante seis semanas vivió como un fantasma en aquella jaula lujosa. Solo veía a su hermana por una transmisión encriptada del hospital. Veía su tristeza, sus lágrimas frente a una tumba cerrada, y se sentía partir en dos.
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