Alma lo miró en silencio un segundo. Luego siguió caminando hacia la plaza, sin prisa, sin doblarse. No porque obedeciera, sino porque ya había decidido que ese día terminaría todo.
La plaza de San Jerónimo estaba medio vacía por el calor, pero bastó que la camioneta negra se estacionara junto al kiosco para que la gente se asomara desde los portales. Don Chuy dejó de arreglar bicicletas. Doña Tomasa salió de la tienda de abarrotes con las manos llenas de harina. Los muchachos que jugaban dominó guardaron fichas. En pocos minutos, el pueblo entero parecía contener la respiración.
Mauricio quiso hacer espectáculo.
Lo necesitaba.
Quería humillarla antes de suplicarle.
Abrió la puerta del copiloto y dejó que su prometida bajara primero. La mujer —que se llamaba Rebeca, según escuchó Alma cuando Mauricio la presentó en el pueblo días antes— acomodó sus lentes, observó a la multitud y sonrió como quien entra a un teatro.
—Pues aquí la tienen —dijo Mauricio, levantando la voz—. La dueña de la miseria y del drama.
Sacó de la guantera una carpeta de cuero y luego un fajo de billetes.
—Aquí hay más dinero del que vas a ver en toda tu vida, Alma. Firma la renuncia, toma esto y desaparece del valle.
Los billetes cayeron al suelo polvoriento frente a ella.
Nadie se movió.
Alma bajó la vista a los billetes, luego a Mauricio, y al final al ayuntamiento, donde bajo la sombra del arco estaba don Lázaro Méndez, el notario del pueblo, con su portafolios viejo bajo el brazo.
Él asintió apenas.
Era la señal.
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