Dentro de la camioneta se hizo un silencio espeso.
La mujer volteó lentamente hacia Mauricio.
—¿Qué significa fraude?
Él no respondió.
Y entonces sus ojos fueron hacia Alma, ya no con desprecio, sino con algo peor: necesidad.
Alma sintió el roce del papel escondido bajo el forro interior de su rebozo, justo a la altura del pecho. Ahí llevaba, cosidas a mano, las escrituras verdaderas del manantial, de las tierras altas y del antiguo molino. Todo lo que Mauricio creía haberle robado.
—Súbete —ordenó él al fin, bajando de la camioneta—. Vamos a arreglar esto en la plaza.
—Yo no voy a ningún lado contigo.
—Sí vas. Porque si no firmas, te juro que no solo te vas a quedar sin casa. También voy a mover influencias para quitarte a esos niños en cuanto nazcan. ¿Entendiste?
La amenaza le heló la sangre.
No por miedo a él.
Sino porque acababa de tocar el único punto que podía romperla.
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