Lo que nadie sabía era que don Hilario Villaseñor, su padre, había sido más astuto que todos.
—¿Te vas a mover o no? —gritó Mauricio, golpeando el volante.
Alma respiró hondo.
—El camino es de todos.
La rubia soltó una risita de desprecio.
—Ay, qué valiente. Mi amor, dile que se haga a un lado. O se lo dices tú, o se lo digo yo.
Mauricio estaba por bajar cuando sonó el Bluetooth de la camioneta. En la pantalla del tablero apareció una llamada internacional. Él palideció al instante.
—Contesta —ordenó la mujer—. Seguro es lo de la reservación en la ciudad.
Mauricio apretó el botón con dedos tensos. La voz metálica de un hombre habló en español con acento extranjero.
—Señor Salgado, el consejo ya revisó las escrituras. Hay inconsistencias. Si no presenta hoy mismo, antes de medianoche, la renuncia original de derechos firmada por la propietaria legítima, el fideicomiso se cancela. Además, nuestros abogados procederán por fraude documental. No habrá otra prórroga.
Se cortó la llamada.
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